Mi nombre es Virginia Talbot, vivo con mi hija de 7 años,
Susie, en una pequeña casa a las afueras de Londres. Nos mudamos hace 3 meses
porque necesitábamos un nuevo hogar en el que no se nos agolparan todos los
recuerdos que nos había dejado Henry, mi marido fallecido hace 5 meses.
Según nos dijo el agente de la inmobiliaria los antiguos
inquilinos de la casa se mudaron porque el padre había sido trasladado de su
puesto de trabajo, aunque ahora tengo serias dudas de que esto fuera así.
La casa, que está hecha enteramente de madera, es muy
acogedora y además está justo al lado de un gran bosque, que fue una de las
razones por las que nos gustó cuando la vimos, a Susie le fascinan los árboles
y para mí el bosque es el lugar idóneo para dejar la mente en blanco y alejarse
de los problemas. Otra de las cosas que nos gustó de la casa es que ya estaba
amoblada, así no tendríamos que perder tiempo pensando en los muebles que
debíamos comprar.
Creíamos que el cambio nos ayudaría a mitigar un poco la
ausencia y la pérdida que acabábamos de sufrir, por eso intentábamos mantener
la mente ocupada en diferentes cosas, pero esto no fue precisamente lo que conseguimos.
Los primeros días, todo iba bien, empezamos a
familiarizarnos con las cosas de la casa, dábamos paseos por el bosque y
hacíamos lo que fuera necesario con tal de mantenernos distraídas.
Un día cualquiera, Susie estaba jugando, cuando preguntó en
voz alta a uno de sus muñecos:
- Mike, ¿te gustaron las galletas? y de repente se percató
de que había algo escrito en la mesa de juegos justo donde estaba el peluche al
que le estaba hablando. El mensaje decía: - Me siento plenamente agradecido por
tan exquisito dulce recibido de tan generosa dama.
Susie vino hacia mí
presurosa, con una expresión en su cara que mostraba sorpresa y fascinación.
- Mami, Mike me ha contestado. Llegué a la mesa, leí la respuesta a la
que se refería y pensé que lo había escrito ella, sonreí pensando que era uno
más de sus juegos infantiles pero me extrañó el trazo perfecto de la letra y el
lenguaje.
Ese fue el comienzo de una serie de mensajes que fuimos
encontrando en el resto de la casa en los días siguientes. Pensé que podía ser Henry que intentaba comunicarse con nosotras
de alguna manera, pero cada vez que hacíamos una pregunta en voz alta
encontrábamos una respuesta en algún sitio específico de la casa, escrito
cuidadosamente con pluma de tinta azul sobre una superficie blanca, con la
tipografía al estilo inglés y el lenguaje usado a principios del siglo XIX. Los
mensajes desaparecían misteriosamente y duraban el tiempo necesario en el que
notábamos que la pregunta formulada había sido respondida, como si existiera un
vínculo de comunicación entre nosotras y algún ocupante de la casa de otra
época.
Mi curiosidad pudo al temor de sentirme observada por seres
que no podía ver ni escuchar y que sólo utilizaban la palabra escrita para
comunicarse. Empecé a preguntar, preguntar y preguntar para satisfacer mi deseo
de saber la procedencia de los mensajes y su intención. Me di cuenta de que el
tipo de letra iba cambiando, por lo que también la época en la que se
encontraba la persona que me respondía, creando un vínculo infinito en el
tiempo pero en ese mismo espacio.
Me sentí atraída por el poder de obtener un conocimiento
inagotable de personajes pasados y futuros que me hizo ser prisionera en mi
propia casa, la cual consideraba una valiosa inversión, cuyo secreto no podía
revelar a nadie a menos que quisiera que me tomaran por loca. Perdí el contacto
con mi familia y amigos, hasta el día en que mi hija me abrió los ojos cuando
me dijo: -Mamá quiero que vuelvas a jugar conmigo y dejes de jugar con la casa.
Ahora hemos salido a pasear al bosque y he puesto la casa
en venta. Es una ganga, ¿la quieres?
Los dos últimos párrafos son mejores, más al estilo del relato que hemos trabajado, pero los primeros resultan demasiado largos, eso hace que tu narración resulte un poco descompensada, pero está bien
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