Mikel
Loizate
Desde que era
un niño, casi desde que tengo uso de la memoria, mi padre me hablo de ese
libro. No de forma directa, sino que muy de vez en cuando teníamos una conversación
puntual, en la que me iba dando detalles. El decía que ese libro, por muy
pequeño que pareciese, era tan grande tan grande, que no había numero en el
mundo real que pudiese expresar su grandiosidad. El me podía hablar del libro
en cualquier momento. Cuando digo cualquier, es que ya podía ser cuando íbamos
al colegio como en mi graduación o cuando jugábamos al cricket. Lo importante
no era cuando, sino qué, qué información me iba a dar.
En las navidades del
44, ya casi a las puertas del final de la segunda guerra mundial, fue cuando
con los catorce años recién cumplidos mi padre me enseño el libro. Fue también,
años atrás cuando se lo enseñaron a el por primera vez. También fue cuando me dijo:
“Hijo, esto es una tradición en nuestra familia. Tu tienes que seguir las
normas como lo hicieron muchos otros antes, y mas importante aun, tienes que
tener paciencia”. Años después fue cuando me advirtió del mal que podían causar
ese grupo de hojas. De que ese libro podía manipular tanto tu mente que podías
llegar a matar a alguien por seguir pasando las hojas. Al principio me entro miedo,
mucho miedo, pero luego me tranquilicé haciéndome a la idea de que ese libro
había pasado por muchas manos incluidas la de mi padre, que ahí seguía, con
vida. El me había repetido desde niño que no abriera ese libro por el bien de
todos los que me rodeaban. Ya cuando el murió, allá en los años 60, abrí el
libro por primera vez. La primera vez que abrí el libro me pareció normal. Me
gusto mucho la historia que narraba, aunque no la conseguí terminar y decidí
proseguir con mi lectura al dia siguiente. Y esque tampoco consegui descubrir
el final, por lo que esa noche no dormi. Asi estuve un tiempo, al principio
deje de ir al trabajo, deje de salir con los amigos y por ultimo deje de salir
de casa. Y esque el libro te dejaba siempre con la intriga del final, que nunca
llegaba, se acercaba mucho, casi llegabas a olerlo, pero de repente te
encontrabas con otro gran mundo por descubrir antes que el final. Y asi una y
otra vez. Empece a enloquecer, y la unica que pudo parar esto fue mi anciana
madre, la cual fue alertada por mis vecinos de que llevaba dos semanas sin
salir de casa. Mi madre, viendome en tal mal estado, empezo a llorar y no pudo
hacer nada, pero fue mi vecino el que me arranco el libro de las manos, lo tiro
a un armario, cerro el armario con llave e hizo que nunca mas volviera a ver
esa llave.
Y ahí lleva el libro desde
ese momento hijo, es muy facil caer en la tentacion de echarle una ojeada, pero
muy difícil salir de sus garras. Se que alguna vez tendrás que abrirlo, pero júrame
que solo lo haras cuando tengas a una persona que te quiera al lado, alguien
que sepas que pueda interrumpir tu lectura, puesto que por muy fuerte que seas,
el infinito puede con todos nosotros.
buen realto y notable concisión, me gusta mucho el final. Por favor corrige las faltas de ortografía, es que, bastantes acentos, " tener uso de memoria" sin artículo, etc.
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