CUENTO DE BORGES
Yo soy un joven vendedor de biblias. Hace un año
aproximadamente que fui a un pueblo siguiendo la ruta establecida. En la parte
más apartada del pueblo había una casucha que a simple vista parecía estar
abandonada pero no era así, puesto que en esa casa vivía un hombre ya mayor con
una asombrosa historia.
Llegué al pueblo al atardecer y me hospedé en
un modesto hostal. Amanecí con los primeros rayos de sol y decidí ponerme en
marcha. Fui casa por casa hablándoles a los habitantes de mis biblias y lo
especiales que eran pero casi nadie estaba interesado en ellas. Desolado,
decidí distanciarme de esas casas aunque solo fuera por unos minutos, así que
me fui por un caminito que no sabía donde acabaría para relajarme. Fue entonces
cuando encontré la casa del anciano. Al ver que había luz me acerqué a ver si
con un poco de suerte conseguía venderle alguien de ese dichoso pueblo una de
mis biblias. Llamé a la puerta y tras esperar cinco largos minutos me abrió un
hombre con aspecto descuidado. Le pregunté si quería alguna de mis biblias e
inmediatamente me invitó a pasar.
Estuvimos charlando durante largas horas, me
contó que su vida había sido desde siempre una desgracia y que siempre eran más
que bienvenidas las pocas visitas que recibía ya que nadie del pueblo se le
quería acercar y para evitar verlo nadie usaba ya el camino que llegaba a su
casa.
Al ver que
el hombre estaba falto de amigos y no tenía ninguna intención en comprarme una
de mis biblias, básicamente porque no poseía ni lo más mínimo para poder
pagarme, me excusé como pude y me dirigí a la entrada. Estaba ya dispuesto a
salir cuando el hombre apareció con un libro escrito en octavo y me dijo que ese
libro se llamaba Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni
principio ni fin. Me pidió que me lo quedara, que ese libro lo había heredado
de sus padres pero como él no sabía leer no lo echaría mucho en falta. Me contó
una interesante historia sobre ese libro que al principio no me creí. Entonces
el anciano me pidió que buscara la primera hoja de ese libro y seguidamente la última pero en ningún momento conseguí dar con
ellas y comprendí lo que el anciano había estado intentando explicarme. El
libro era infinito.
A cambio del preciado libro le di una de mis
biblias y unas cuantas rupias. Durante los próximos meses dejé de vender
biblias, me concentré en el libro y en lo especial que era. Tenía miedo a que
se diera a conocer y entonces todo el mundo lo quisiera así que me encargué
bien de guardar el secreto. Mi obsesión por el libro fue tal que pasados siete
meses de su adquisición tuve que darlo. No aguantaba ni un minuto más con ese
libro del demonio.
Encontré un hombre cerca de donde yo estaba
que era un aficionado de las biblias así que le decidí ir a ver. Al llegar a su
casa, le expliqué que vendía biblias y con pedantería me contestó que ya tenía
todas las necesarias. Necesitaba deshacerme de ese libro así que se lo dije sin
rodeos. Le expliqué que ese libro que poseía era único ya que era infinito, no
tenía ni principio ni fin. Le pedí que buscara la primera hoja y la última del
libro cómo había hecho el anciano conmigo y al igual que me pasó a mi no las
encontró.
Le ofrecí un precio bastante alto por el Libro
de Arena. Al ser un precio tan elevado me dijo que no podía pagarme pero que me
daría una parte de su pensión de jubilado y una de sus preciadas biblias. Lo
que él no sabía era que yo había entrado en su casa con la intención de vender
el libro sin importarme el precio que me dieran a cambio. Solo quería
deshacerme de él de una vez por todas, así que ni conté el dinero que el hombre
me dio. Simplemente le di las gracias y me fui por donde había venido. La única
diferencia era que ahora era libre.
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