miércoles, 24 de abril de 2013

Relato a lo Kafka


Mañana al mediodía se casa mi hermana pequeña después de tres años con su novio, ese joven alemán que tanto le agrada a mi madre. Nuestro vuelo hacia Alemania sale a las 10:25 de la noche; todavía queda hora y media por delante, tiempo suficiente.

Mujeres, hombres y niños corretean por el aeropuerto cargados de maletas, abrigos doblados sobre el brazo y cientos de papeles agarrados con las manos que quedan libres. Que escándalo. María y los dos pequeños me saludan desde el otro lado del control de seguridad, me he entretenido demasiado en sacar fuera de mi maleta la bolsita de plástico en la que guardé anoche todos los contenidos líquidos.

Antes de atravesar el control me despojo del abrigo y de la  chaqueta de lana, dejado al descubierto mis delgados hombros y mis brazos desnudos. Un policía alto y fuertemente perfumado me grita algo en inglés que no entiendo, pero por sus gestos deduzco que quiere que me quite el calzado. Intentando mantener el equilibrio me saco el zapato derecho y, a continuación, el izquierdo, mientras adopto la postura de la pata coja que hace reír a mi hijo mayor desde lejos.

“Piiiii”. Algo he debido de hacer mal. Ya sé, las llaves. Qué tonto soy. Una mujer allí presente me alcanza una bandeja de plástico, en la que deposito mis llaves y, por si acaso, la pulsera de plata que me regaló mi mujer. Ahora sí.

“Piiiii”. El detector de metales vuelve a sonar, esta vez no sé la razón. El mismo policía de antes se me acerca y, enfadado, me levanta el jersey e intenta desabrocharme el cinturón. Indignado, trato de decirle en mi pésimo inglés que puedo hacerlo solo. La gente pasa por mi lado indiferente, todos ellos descalzos y a medio vestir, pero a nadie parece inmutarle lo más mínimo. El reloj marca las 21:30.

El agudo chillido vuelve a palpitar en mis oídos. Esta vez, me veo obligado a dejar que el hombre grandullón me registre. Mis brazos en cruz permiten que un ligero aire fresco se cuele por los recovecos de mis axilas y que sus manos recorran con agresividad cada rincón de mi cuerpo. Con cierta timidez miro a mi alrededor, todos los allí presentes estarán contemplando mi torpeza, mi torpeza inocente que en tal ridículo me está poniendo y mi cuerpo medio desnudo. Pero lo cierto es que apenas me miran, todos ellos parecen sumidos en sus propias tareas y, los que lo hacen, contemplan la escena con completa normalidad.

Por cuarta vez el maldito cacharro vuelve a delatarme, me siento inútil. El policía me mira con desprecio, ¿tan mal lo estoy haciendo? Pero, ¿y qué estoy haciendo mal? Me he despojado de todos los utensilios y complementos que llevaba conmigo, he sido examinado de la cabeza a los pies y todavía esa máquina me prohíbe continuar con mi camino y me separa de mi mujer y de mis hijos que, desde el otro lado, siguen esperando sin pronunciar una sola palabra. Faltan 40 minutos para que salga nuestro vuelo.

La culpabilidad empieza a invadir mi cuerpo y los minutos pasan en el reloj. María debería marcharse con los pequeños, están esperando a algo que quizás no se logre resolver o, quizás, se resuelva demasiado tarde y el avión hacia Alemania despegue sin ninguno de nosotros.

Busco la mirada de María entre la gente y le hago un gesto rápido con la mano para que se vaya, justo antes de que el enorme policía me empuje con sus gruesas manos hacia algún lugar que todavía no logro adivinar. Me quedan 30 minutos,

Mientras me dejo llevar por mi rudo compañero, imagino a mi mujer corriendo por los pasillos tratando de no dejar a ningún niño entretenido por el camino y no puedo evitar temer que puedan perder el avión por mi culpa. A su vez, me lamento también por no poder asistir a la boda de mi hermana, mi única y querida hermana. Sin saber como, voy a fallarle, no voy a estar con ella uno de los días más importantes de su vida.
Son las 23:10. Esto ha ido demasiado lejos. Me han quitado los empastes que me pusieron cuando era adolescente, tras haber sido escaneado y habérmelos descubierto a través de las imágenes. Me queda poco tiempo. Me estarán esperando. Y, como un desconsolado solitario, me apresuro hacia el control de seguridad.

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