Una tímida sonrisa ilumina mi cara, pero no tiene el efecto
esperado en el guardia de seguridad. Me devuelve la mirada, pero es como si sus
ojos no me estuvieran mirando, simplemente pasan por delante de mi rostro, para
luego volverse hacia el botón rojo. Cada primer lunes de mes pienso en lo
desesperante que tiene que ser vivir para ese botón rojo, que él te este dando
de comer y que llegue a ejercer ese tipo de control sobre ti. Debe ser
frustrante pensar que tu trabajo sería
innecesario por unos seres más activos, ágiles y menos perezosos, pues nadie
necesita realmente que haya un encargado de pulsar el botón rojo para abrir las
puertas.
Intento que todo sea algo más llevadero pensando en lo que
me espera al llegar a mi nuevo destino. Desde que nuestra empresa se ha lanzado
al mercado multinacional, cada mes hago un viaje al extranjero para resolver
toda una serie de cuestiones relacionadas con acuerdos con otras empresas y
negociaciones con los gobiernos en
cuestión.
Como todavía quedan cuatro horas para el despegue, decido
hacer tiempo leyendo. La verdad es que hay una gran cantidad de sitios y decido
quedarme en uno cerca del control, para pasar en caso de que haya mucha cola.
Contengo un grito, pero no puedo evitar saltar de la silla cuando me miro las
manos. Las tengo blancas, más que eso, es un color pálido que jamás había visto
en mi piel y que tiende al amarillo. Además, me han salido unas costras y las
tengo llenas de señales. Alarmada, miro a mi alrededor con expresión de
socorro, pero la chica del portátil sigue mirando la pantalla con una media
sonrisa y el hombre que tengo delante hojeando un periódico, tras una breve y
desinteresada mirada, continua leyéndolo sin hacer la mas mínima mueca.
Mi primera reacción es buscar un aseo en el que pueda
mirarme, porque temo que se haya extendido por mi cuerpo. Cuanto más me miro las
manos, más desagradable me parece y siento que están aun más marcadas. Me da
bastante reparo preguntar a alguien con este aspecto, así que me levanto, y
escondiendo mis manos bajo las mangas de la chaqueta busco algún letrero. El
primero que veo está justo nada más pasar el control, así que teniendo en
cuenta de que ahora está casi vacío, lo más sensato es pasar por el control de
seguridad. Para ello me pongo los guantes azules que siempre guardo en el
bolsillo izquierdo, y hoy más que nunca agradezco no haberlos sacado de ahí.
-Haga el favor de quitarse los guantes y las botas. Tenga, póngase
esto para no mancharse- dice un guardia de seguridad mientras me tiende unas
bolsas de plástico. Tímidamente, y con temor a su reacción, me quito los
guantes, y también las botas, como me ha indicado. Tras mirarme de arriba abajo
solo añade “muy bien, gracias”.
Cuando la mujer al otro lado de la barrera me hace la señal,
me miro los pies y doy el primer paso. No puede ser, tengo los dos pies del
mismo color que las manos y con las mismas marcas repugnantes. Casi con lágrimas
en los ojos y sin atreverme a mirar a los demás viajeros, recojo mis cosas y me
visto con rapidez. Una mujer delante de mí, se gira para preguntarme si la
pulsera que sostiene con dos dedos es
mía, y negándole con la cabeza veo mi reflejo en sus gafas. No puede ser, soy
lo más parecido a un monstruo que he visto en mi vida. Además del color
amarillento, toda mi cara está desgarrada, con pústulas y toda clase de
señales. Sin embargo, la mujer me concede una sonrisa y continúa por su camino.
Me dan verdaderas ganas de gritar, de preguntarles a todas
aquellas personas si no ven que tengo un aspecto espeluznante, peor que
cualquier monstruo de aquellas películas de terror tan malas. Al principio
intentaba esconderme de las miradas curiosas, pero ahora las necesito, es vital
que alguien me lance esa mirada de espanto y terror y me asegure que todo esto
no solo está en mi cabeza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario