miércoles, 24 de abril de 2013

Relato Kafka.


Una tímida sonrisa ilumina mi cara, pero no tiene el efecto esperado en el guardia de seguridad. Me devuelve la mirada, pero es como si sus ojos no me estuvieran mirando, simplemente pasan por delante de mi rostro, para luego volverse hacia el botón rojo. Cada primer lunes de mes pienso en lo desesperante que tiene que ser vivir para ese botón rojo, que él te este dando de comer y que llegue a ejercer ese tipo de control sobre ti. Debe ser frustrante pensar que tu  trabajo sería innecesario por unos seres más activos, ágiles y menos perezosos, pues nadie necesita realmente que haya un encargado de pulsar el botón rojo para abrir las puertas.

Intento que todo sea algo más llevadero pensando en lo que me espera al llegar a mi nuevo destino. Desde que nuestra empresa se ha lanzado al mercado multinacional, cada mes hago un viaje al extranjero para resolver toda una serie de cuestiones relacionadas con acuerdos con otras empresas y negociaciones  con los gobiernos en cuestión.

Como todavía quedan cuatro horas para el despegue, decido hacer tiempo leyendo. La verdad es que hay una gran cantidad de sitios y decido quedarme en uno cerca del control, para pasar en caso de que haya mucha cola. Contengo un grito, pero no puedo evitar saltar de la silla cuando me miro las manos. Las tengo blancas, más que eso, es un color pálido que jamás había visto en mi piel y que tiende al amarillo. Además, me han salido unas costras y las tengo llenas de señales. Alarmada, miro a mi alrededor con expresión de socorro, pero la chica del portátil sigue mirando la pantalla con una media sonrisa y el hombre que tengo delante hojeando un periódico, tras una breve y desinteresada mirada, continua leyéndolo sin hacer la mas mínima mueca.

Mi primera reacción es buscar un aseo en el que pueda mirarme, porque temo que se haya extendido por mi cuerpo. Cuanto más me miro las manos, más desagradable me parece y siento que están aun más marcadas. Me da bastante reparo preguntar a alguien con este aspecto, así que me levanto, y escondiendo mis manos bajo las mangas de la chaqueta busco algún letrero. El primero que veo está justo nada más pasar el control, así que teniendo en cuenta de que ahora está casi vacío, lo más sensato es pasar por el control de seguridad. Para ello me pongo los guantes azules que siempre guardo en el bolsillo izquierdo, y hoy más que nunca agradezco no haberlos sacado de ahí.

-Haga el favor de quitarse los guantes y las botas. Tenga, póngase esto para no mancharse- dice un guardia de seguridad mientras me tiende unas bolsas de plástico. Tímidamente, y con temor a su reacción, me quito los guantes, y también las botas, como me ha indicado. Tras mirarme de arriba abajo solo añade “muy bien, gracias”.

Cuando la mujer al otro lado de la barrera me hace la señal, me miro los pies y doy el primer paso. No puede ser, tengo los dos pies del mismo color que las manos y con las mismas marcas repugnantes. Casi con lágrimas en los ojos y sin atreverme a mirar a los demás viajeros, recojo mis cosas y me visto con rapidez. Una mujer delante de mí, se gira para preguntarme si la pulsera que sostiene  con dos dedos es mía, y negándole con la cabeza veo mi reflejo en sus gafas. No puede ser, soy lo más parecido a un monstruo que he visto en mi vida. Además del color amarillento, toda mi cara está desgarrada, con pústulas y toda clase de señales. Sin embargo, la mujer me concede una sonrisa y continúa por su camino. 

Me dan verdaderas ganas de gritar, de preguntarles a todas aquellas personas si no ven que tengo un aspecto espeluznante, peor que cualquier monstruo de aquellas películas de terror tan malas. Al principio intentaba esconderme de las miradas curiosas, pero ahora las necesito, es vital que alguien me lance esa mirada de espanto y terror y me asegure que todo esto no solo está en mi cabeza.



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