miércoles, 24 de abril de 2013

Cuento Kafkiano

Aizea se  encontraba perdida, aturdida, no había dormido nada. Había celebrado su despedida a lo grande, sin pensar en que quizás perdería el avión por falta de reflejos. Este iba a ser el viaje de su vida, o al menos el más representativo de su juventud. Partía a Brasil para hacer voluntariado durante seis meses, a un país extraordinariamente atractivo para ella, por razones desconocidas. En realidad, tenía la impresión de encontrarse soñando, en su mente se entremezclaba la fantasía y la realidad.  No obstante, parecía haberla despertado la voz de una enorme mujer chillando:
"los portátiles, relojes, pulseras.... deben colocarse en las bandejas; dense prisa por favor, señores, señoras..."
Aizea captó la palabra "ordenador" que le llevó automáticamente a abrir la maleta para sacarlo de allí, pero, al girarse, notó que algo no cuadraba. Sintió algo extremadamente extraño, su mano izquierda estaba completamente cubierta de pelos ¡se trataba de una pata de oso!. Dio un grito estremecedor, al que le siguió uno dado por el individuo que se encontraba justo detrás. Estaba atemorizada, no entendía nada, la situación le sobrepasaba. No obstante, metió su mano en el bolsillo del  abrigo para hacer desaparecer esta angustiosa y grotesca imagen. Con la ayuda de la otra mano logró levantar la maleta, colocarla en la bandeja correspondiente y sacar el ordenador, mientras  le lanzaba una mirada  amenazadora al hombre que estaba justo detrás, insinuándole así que no se atreviese a delatarle. Cuando ya se dirigía a pasar por el detector, la enorme mujer de antes le dijo:
"ehhh! alto ahí señorita! deposita igualmente tu abultado abrigo!".
A ello Aizea contestó que no quería quitárselo, que no comprendía por qué debería hacerlo. Pero, por supuesto la mujer le respondió:
 "¡Las adolescentes de hoy en día! ¿Dónde les educarán? Quítese ahora mismo el abrigo señorita o me veré obligada a llamar a los guardias de seguridad!".
Aizea cruzó los brazos y dijo que de donde estaba no la movería nadie, lo que suscitó un gran enfado por parte de la mujer y la llegada inmediata de dos policías. Estos, tras un intento ineficaz  de diálogo, optaron por cogerle cada uno de una manga del abrigo, mientras la enorme mujer abría la cremallera del mismo. Esto provocó un ensordecedor chillido por parte de Aizea, nunca en su vida había gritado tan fuerte. La gente que se encontraba en la cola sintió miedo, muchos creían que estaban ante una psicópata peligrosa;  otros incluso abandonaron la cola pensando que quizás bajo ese acolchado abrigo guardaba  un arma que utilizaría en cualquier momento... La situación era realmente caótica. De repente, entre tanto gentío y ruido, Aizea consiguió escuchar una música procedente de su móvil y le dijo a la mujer:
 "Cójalo, por favor, se encuentra en mi bolsillo izquierdo."
La mujer, sorprendentemente, lo buscó y, al encontrarlo, se lo entregó. Aizea  se dio cuenta que se trataba simplemente de la alarma con la que se había despertado los días anteriores, y pensó para sí misma "hoy desde luego el móvil no hace la función de despertarme" . Tuvo el reflejo de mirarse la mano  y vio una mano normal, sin pelos, y con las uñas pintadas de colorines. La alarma sí había realizado su cometido, le había despertado de una disparatada ensoñación.  “ ¡Qué vergüenza!¡Qué numerito he montado!” pensó. Aizea se sentía terriblemente culpable de haber hecho perder el tiempo a tantísima gente.

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