Aizea
se encontraba perdida, aturdida, no había dormido nada. Había
celebrado su despedida a lo grande, sin pensar en que quizás perdería el
avión por falta de reflejos. Este iba a ser el viaje de su vida, o al
menos el más representativo de su juventud. Partía a Brasil para hacer
voluntariado durante seis meses, a un país extraordinariamente atractivo
para ella, por razones desconocidas. En realidad, tenía la impresión de
encontrarse soñando, en su mente se entremezclaba la fantasía y la
realidad. No obstante, parecía haberla despertado la voz de una enorme
mujer chillando:
"los portátiles, relojes, pulseras.... deben colocarse en las bandejas; dense prisa por favor, señores, señoras..."
Aizea
captó la palabra "ordenador" que le llevó automáticamente a abrir la
maleta para sacarlo de allí, pero, al girarse, notó que algo no
cuadraba. Sintió algo extremadamente extraño, su mano izquierda estaba
completamente cubierta de pelos ¡se trataba de una pata de oso!. Dio un
grito estremecedor, al que le siguió uno dado por el individuo que se
encontraba justo detrás. Estaba atemorizada, no entendía nada, la
situación le sobrepasaba. No obstante, metió su mano en el bolsillo del
abrigo para hacer desaparecer esta angustiosa y grotesca imagen. Con la
ayuda de la otra mano logró levantar la maleta, colocarla en la bandeja
correspondiente y sacar el ordenador, mientras le lanzaba una mirada
amenazadora al hombre que estaba justo detrás, insinuándole así que no
se atreviese a delatarle. Cuando ya se dirigía a pasar por el detector,
la enorme mujer de antes le dijo:
"ehhh! alto ahí señorita! deposita igualmente tu abultado abrigo!".
A
ello Aizea contestó que no quería quitárselo, que no comprendía por qué
debería hacerlo. Pero, por supuesto la mujer le respondió:
"¡Las
adolescentes de hoy en día! ¿Dónde les educarán? Quítese ahora mismo el
abrigo señorita o me veré obligada a llamar a los guardias de
seguridad!".
Aizea
cruzó los brazos y dijo que de donde estaba no la movería nadie, lo que
suscitó un gran enfado por parte de la mujer y la llegada inmediata de
dos policías. Estos, tras un intento ineficaz de diálogo, optaron por
cogerle cada uno de una manga del abrigo, mientras la enorme mujer abría
la cremallera del mismo. Esto provocó un ensordecedor chillido por
parte de Aizea, nunca en su vida había gritado tan fuerte. La gente que
se encontraba en la cola sintió miedo, muchos creían que estaban ante
una psicópata peligrosa; otros incluso abandonaron la cola pensando que
quizás bajo ese acolchado abrigo guardaba un arma que utilizaría en
cualquier momento... La situación era realmente caótica. De repente,
entre tanto gentío y ruido, Aizea consiguió escuchar una música
procedente de su móvil y le dijo a la mujer:
"Cójalo, por favor, se encuentra en mi bolsillo izquierdo."
La
mujer, sorprendentemente, lo buscó y, al encontrarlo, se lo entregó.
Aizea se dio cuenta que se trataba simplemente de la alarma con la que
se había despertado los días anteriores, y
pensó para sí misma "hoy desde luego el móvil no hace la función de despertarme" . Tuvo el reflejo de mirarse la
mano y vio una mano normal, sin pelos, y con las uñas pintadas de
colorines. La alarma sí había realizado su cometido, le había despertado
de una disparatada ensoñación. “ ¡Qué vergüenza!¡Qué numerito he
montado!” pensó. Aizea se sentía terriblemente culpable de haber hecho perder el tiempo a tantísima gente.
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