TENSIÓN EN UN AEROPUERTO.
Otra
vez lo mismo. De nuevo vuelta a la rutina, el trabajo, el estrés…Lo que peor
llevaba de la vuelta a Londres era el momento que iba desde que entraba en el
aeropuerto de mi ciudad, hasta que entraba por la puerta de mi casa de Londres.
Todo ese tiempo era un contínuo ajetreo, un ir y venir de gente que corría de
un lado para otro, maletas, controles, autobuses…hasta que finalmente sacaba la
llave y abría la puerta. A partir de ahí un aire de tranquilidad me invadía y
me sentía finalmente libre, apartada del bullicio y con el ambiente sosegado
que recorría la casa.
Pero
volviendo de nuevo a la realidad, aún quedaba el viaje en avión y todo lo que
eso conllevaba. Me dirigí a una fila que terminaba en un mostrador donde había
una mujer de cara redonda y pelo rizado y rubio. Después de unos 10 minutos,
llegué a donde estaba la mujer y le enseñé mi pasaporte y mi billete de avión.
Todo en orden. Facturé la maleta y ví como se alejaba a través de un cinta y
desaparecía tras una pequeña puerta. Primer obstáculo superado. Anduve hacia la
cola para pasar el control. Era el
momento que más me preocupaba. Desde siempre me había puesto muy nerviosa ese
control, ese momento. Te sientes tan observada, diminuta, siendo el foco de
todas las miradas y como te vigilan como si fueras una delincuente. Puse mis
cosas en una bandeja, quitándome el reloj, cinturón, pulseras y todo lo que
parece insignificante pero es propenso a darte un susto cuando pasas por el
escáner.
Hasta
que mis cosas no hubieron entrado en la máquina y ví como atravesaban una
cortina de goma negra, no me dispuse a pasar el escáner. Dos policías se
situaban detrás de la puerta metálica, uno de ellos alto, grande, imponente; el
otro, una mujer baja, con anchuras de hombre y con apariencia firme y seca.
Solo saber que tenía a esos ojos mirándome mientras andaba hacía que me
temblaran las piernas, que se me cortara la respiración y que andara de forma
torpe e insegura.
Avancé
lentamente hacia la máquina y al pasar pedí con todas mis fuerzas que no pitara
nada y que pudiera recoger mis cosas con normalidad. Como era de esperar, a
pesar de mis súplicas, un sonido punzante se clavó en mi cerebro y los ojos de
la mujer, que a primera vista parecían distraídos, se abrieron de forma
espectacular y se posaron en mí. Un sudor frío me recorrió en cuerpo, empezaron
a temblarme las manos y las rodillas, sentía que ya no podía avanzar. Me quedé
clavada delante de la máquina mientras la mujer se acercaba agilmente hacia mí.
Estuve paralizada unos diez segundos que me parecieron eternos y la mujer me
cojió de un brazo para que me apartara del escáner.
La mujer no hizo fuerza alguna, pero, fruto de
mi estado de shock, sentí como si me
agarrara con mucha fuerza, incluso llegué a pensar que me estaba dejando marcas
en la piel. Me dijo que pusiera los brazos en cruz, esos brazos que yo tenía
inmovilizados y pegados al cuerpo porque era incapaz de hacer un solo movimiento.
Instantes después lo hice y despacio, la mujer me pasó un detector de metales
por brazos, piernas y cuerpo.
Mientras
yo me encontraba en un momento de histeria, de no saber que hacer, de
preguntarme por qué había tenido que pasarme a mí y no a los miles de pasajeros
que estaban allí como yo, la gente pasaba imparcial a mi lado. Llegaban,
recogían sus cosas de las bandejas y se alejaban sin articular ningún
movimiento, con gesto de serenidad,
hacía el interior del aeropuerto. Mientras, yo seguía atrapada por esa mujer
que me registraba y lo peor de todo es que la gente no se percataba de mi
situación. Lo veían como una cosa normal, cotidiana. Las gotas de sudor
resbalaban por mi frente y estuve a punto de caer desmayada al suelo. Buscaba
en los ojos de la gente alguna mirada que pudiera sacarme de esa situación tan
desagradable, pero nadíe me hacía caso, ni siquiera miraban por el rabillo del
ojo para ver la escena. Me temblaban las piernas, de un momento a otro iba a
desvanecerme y por un instante pensé que sería lo mejor, así despertaría en
otro lugar alejada de ese terrible cuadro de escáner, policías y gente
alrededor que pasaba por delante como si nada. De repente, el pitido de la
máquina de la mujer cesó. Se alejó de mí y me hizo una mueca con la cara como
diciendo que todo estaba bien. Tenía el corazón acelerado y no me respondía el
cuerpo. Fue un momento de desconcierto. No sabía lo que hacer. Parecía que
había pasado una eternidad. Cojí mis cosas de la bandeja que aún estaban
saliendo por la máquina y me alejé. Miré hacia atrás. Hacía solo unos instantes
había estado expuesta a una situación desconcertante. Una mujer me había
registrado a la vista de un gran número de personas que ni se inmutaban por la
escena y yo, indefensa, pequeña, sola, no podía hacer nada, no podía demostrar
que no había hecho nada y que no había sido culpa mía que el escáner hubiera
querido escojerme a mí para esa terrible situación.
MARTA SAURA HERNÁNDEZ
2º B BACH.
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