Me
encontraba en la cola para pasar el control del aeropuerto de Barajas. Las
colas eran inmensas, todos los puestos de control estaban llenos de gente. El
ambiente era, como el de todo aeropuerto, muy desagradable: la gente tenía
prisa por llegar a todos lados, todo el mundo iba cargado de cosas con los billetes en mano. Poco a poco se acercaba mi turno. Estaba un poco asustado, era
la primera vez que volaba y no sabía muy bien cómo funcionaba el sistema, pero
me orienté gracias a los paneles informativos.
Fui quitándome las cosas metálicas: el cinturón, el reloj, el teléfono
etc. y saqué mi portátil de mi mochila para ponerlo en la bandeja.
Ya era mi
turno. Me dirigí a pasar bajo el arco y para mi asombro: “¡PÍ PÍ PÍ PÍ!” El
arco había detectado algo sospechoso en mí. Un policía me obligó a extender
los brazos y a separar mis piernas. Comenzó a cachearme primero por los brazos,
luego por el pecho, por la cintura y acabó bajando por las piernas hasta las
zapatillas. Se dio cuenta de que en mis botas había una cadena metálica. Me
obligó quitármelas, pasarlas por el escáner y yo volver a pasar bajo el arco.
¿Qué significaba esto? Me encontraba descalzo andando por los sucios suelos del
aeropuerto, cosa que no hago ni en mi casa. Me di cuenta de que estaba ralentizando
la cola, toda esa gente que tenía tanta prisa empezaba a ponerse nerviosa por
mi culpa.
De nuevo
volví a pasar el arco metálico y una vez más pitó. Esta vez el policía recorrió
mi cuerpo con una máquina detecta metales que sonó de manera intensa al
pasar por mi ombligo. ¡Qué cabeza! Había olvidado retirar mi percing del
ombligo. La gente cada vez estaba más furiosa y se empezaban a escuchar
gritos como:
“¡Venga hombre, que no tenemos todo
el día!
“¡Oiga, dese prisa por favor,
nuestro vuelo sale en diez minutos!”
El policía
me obligó quitarme el percing y volver a pasar por debajo del arco, la
situación ya era ridícula: yo descalzo, pasando por tercera vez por debajo del
arco y con una multitud de personas esperando detrás de mí. Lo único que
deseaba era poder coger mis cosas y marchar. Por fin, pasé por última vez por
debajo del arco sin que pitara, pero mucha gente ya llegaba tarde a las puertas
de embarque.
¿Cómo pagar a
toda esa gente para devolverles el tiempo perdido? El caso es que ya era
demasiado tarde…
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