viernes, 13 de enero de 2012

Sinestesias


Cuando despertó y miró a su alrededor se encontró con una cueva llena de un silencio tan triste como la situación. Estaban solos, perdidos y hambrientos. Paz llevaba dos días quejándose de un dolor parpadeante en la rodilla que la impedía caminar, con lo que, muchas veces, Marco tenía que cargar con ella. Luca intentaba mantener alto el ánimo del grupo, pero su repertorio de chistes había llegado a su fin tiempo atrás. Emma era la única que se estaba tomando esto como una aventura. También estaba desesperada y dolorida, como todos los demás, pero pensaba que una actitud ácida no iba a solucionar nada y sólo iba a conseguir que los demás perdieran la poca esperanza que les quedaba.

Los cuatro eran los últimos supervivientes del accidente de barco. La tormenta había surgido de pronto, el capitán no había tenido tiempo de virar el rumbo para poder esquivarla y habían entrado en su interior por la puerta grande. No eran los más adecuados, Paz y Marco eran dos fotógrafos urbanitas que nunca antes habían salido de la ciudad más que para viajes organizados; Luca era un mero grumete, que había salido en su primer viaje a mar abierto, y Emma era una matemática de vacaciones.

E
l resto de la tripulación no había sobrevivido al naufragio, aunque eran
los más aptos para la supervivencia en la naturaleza salvaje. Pero la suerte estaba echada. Los cuatro estaban intentando llegar a algún lugar habitado. Sin embargo la convivencia no era algo fácil. Tras el último comentario cortante de Marco, cansado, hambriento y dolorido por cargar con Paz, el grupo llevaba dos días avanzando en silencio.

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