Sinestesias
Ya se iba, pero no iba a dejarla escapar, ya lo había permitido demasiadas veces. Esa podía ser la última vez que la viese y por tanto mi última oportunidad de decírselo.
Me decidí a entrar en la sala. Comentarios ácidos fue lo que recibí después de unos pocos segundos de amargo silencio. Aquella sensación me produjo un dolor seco e irritante. Esos señores de corazones de ásperos y vestimentas chillonas no estaban acostumbrados a ver a un pobre como yo en su hall.
No di vuelta atrás, su perfume melodioso era demasiado intenso como para no dejarse embaucar por él. Crucé la sala como un coche sin frenos ni volante, buscándola, apresurado, desorientado. Tuve que desistir. Mi valor y confianza me habían traicionado de nuevo en el último instante.
Salí del local y me senté en un banco. Los recuerdos me venían y no me dejaban en paz, aquel jugoso beso, aquella tarde de otoño juntos, aquel viaje a Roma… todo se había esfumado. Una agria melancolía me sobrevino y no se marchó hasta bien entrada la tarde, nada me animaba, había vuelto a perderla.
Ya se iba, pero no iba a dejarla escapar, ya lo había permitido demasiadas veces. Esa podía ser la última vez que la viese y por tanto mi última oportunidad de decírselo.
Me decidí a entrar en la sala. Comentarios ácidos fue lo que recibí después de unos pocos segundos de amargo silencio. Aquella sensación me produjo un dolor seco e irritante. Esos señores de corazones de ásperos y vestimentas chillonas no estaban acostumbrados a ver a un pobre como yo en su hall.
No di vuelta atrás, su perfume melodioso era demasiado intenso como para no dejarse embaucar por él. Crucé la sala como un coche sin frenos ni volante, buscándola, apresurado, desorientado. Tuve que desistir. Mi valor y confianza me habían traicionado de nuevo en el último instante.
Salí del local y me senté en un banco. Los recuerdos me venían y no me dejaban en paz, aquel jugoso beso, aquella tarde de otoño juntos, aquel viaje a Roma… todo se había esfumado. Una agria melancolía me sobrevino y no se marchó hasta bien entrada la tarde, nada me animaba, había vuelto a perderla.
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