Roma
La mágica y seductora capital italiana nos acogió durante un par de días. Por razones de tiempo no pudimos examinar detalladamente cada monumento. Sin embargo, lo que conocimos fue más que suficiente para maravillarnos y desear volver pronto.A mi juicio, La Fontana di Trevi, llamada así por hallarse en una pequeña pero acogedora plaza entre tres calles (tre vie), fue el monumento que más enamoró mis ojos.
Esta fuente barroca tiene una larga historia. Situada en sus orígenes en lo que un día fue el final del acueducto Aqua Virgo, uno de los acueductos más importantes romanos, permitió aprovechar el agua que emanaba de un pozo que se hallaba a 22 km del centro de la ciudad. Desgraciadamente, debido a las invasiones bárbaras de los siglos III y IV, Aqua Virgo fue destruido y la fuente cayó en desuso.
Siglos después, durante el Renacimiento, el Papa Nicolás V ordenó reconstruir el famoso acueducto y mandó embellecer la fuente, pero el proyecto se canceló. No fue hasta mediados del siglo XVII cuando artistas como Bernini, Salvi y Panini esculpieron la fantástica fuente que actualmente conocemos.
La Fontana de Trevi es una auténtica obra maestra. Neptuno, Dios del mar para los romanos (Poseidón para los griegos), quien parece emerger de las profundidades del océano, se encuentra de pie, imponente, sobre una gran carroza. Este carruaje tiene forma de concha y es dominado por dos tritones, seres mitológicos mensajeros de las profundidades, quienes dirigen los majestuosos y poderosos caballos de mar.
Tradición es, y ha sido siempre, sentarse de espaldas a La Fontana y pedir un deseo antes de lanzar una moneda, razón por la cual la plaza se encuentra siempre abarrotada de turistas. Además, el ambiente de sus alrededores es muy acogedor y amable. Los visitantes, mientras toman sus interminables fotografías, pueden disfrutar de un delicioso helado o de un pequeño Snack para reponer fuerzas.
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