lunes, 25 de marzo de 2013

Relato: Luz y sombras en el palacio de Hampton


13 de agosto de 1511

Es increíble lo rápido que actúa la gente cuando se trata de seguir órdenes dictadas por el rey. Hace  apenas una semana  que me llego el comunicado de la reina Catalina y hemos desembarcado en el puerto de Plymouth esta misma mañana. 

 En esta ocasión cuento con la ayuda del padre Cesar y del padre Carlos y también nos acompañan  dos novicios que llevan todo el año en nuestro monasterio,  son Francisco  y Juan.

Por lo visto, Enrique VIII está padeciendo unas extrañas alucinaciones y toda la corte solicita nuestra ayuda para que tratemos de descubrir a qué se debe y si  se puede hacer al respecto.  Para nuestra sorpresa, al llegar hemos descubierto que estos efectos relacionados con los espejismos y las alucinaciones se han contagiado  a más miembros de la corte. La reina está realmente asustada por todo lo que esta ocurriendo y además teme por la vida de su marido, y nos ruega con ojos vidriosos que hagamos algo rápido.

Al principio se trataba solo de sensaciones, de sombras,  pero poco a poco los afectados empezaron a ver espectros paseándose por los salones, imágenes que gritaban o hablaban en un idioma desconocido.. Algunos afirman que toda la corte está endemoniada.

14 agosto 1511

Lo primero que solemos hacer en este tipo de casos es investigar uno a uno a los miembros más vinculados al rey. Pero en el momento en el que hemos intentado hablar con el cocinero del palacio, nos han comunicado que ha sido hallado muerto en la cocina y en  extrañas circunstancias.

 No se han encontrado ningún tipo de heridas, manchas o huellas, todo está impecable. La muerte natural es improbable pero no quedará descartada hasta que el padre César no examine el cadáver tanto por fuera como por dentro.

15 agosto 1511

Es extraño que cada vez que queremos investigar a alguien, este aparezca muerto sin ninguna huella o síntoma de muerte violenta. Y lo digo porque ya es la tercera muerte en tan solo un par de días.

 Lo que comenzó como una investigación médica sobre el estado de salud del rey ha desembocado en una  serie de misteriosas defunciones, posiblemente provocadas por un asesino despiadado que actúa con cautela, sigiloso, con una destreza inhabitual y conocedor de los rincones más ocultos del palacio de Hampton Court.

Os  podéis imaginar el clima aquí en el palacio. Tristeza, desolación, pero sobre todo miedo irracional a las horas de las comidas porque parece que es el momento preferido por los espectros para hacer su aparición.  Luego la gente huye a refugiarse y a rezar por sus vidas y por las de sus familiares. La reina está casi tan segura como yo de que hay un asesino  entre nosotros y me anima a seguir buscando al culpable de todo lo ocurrido, pues confía en que lo lograremos. Yo, en cambio, he perdido mi positivismo característico ante un asesino que no deja ninguna huella.

16 agosto 1511

Si  ayer el ánimo de la corte del rey Enrique VIII estaba por los suelos, todo eso se ha trasladado también a nuestro grupo de monjes, pues Juan,  el más joven de nuestros compañeros,  ha aparecido muerto en su cama esta mañana. A pesar de que lo que sabemos del asesino es poco o nada, yo ya tengo mis sospechas: tiene que estar muy vinculado al rey porque los sitios donde aparecen los cadáveres no están al alcance de todos.

 Todos temen por la muerte del rey, pues muchos opinan que todos los asesinatos son formas de ir avanzando hasta acabar con él. Yo, en cambio, temo por toda la corte y por mis compañeros, ya que cualquiera podría ser el siguiente, pero en especial por la reina, que lleva varios días enferma.

17 agosto 1511

Me paso noches en vela intentando buscar la relación que puede existir entre las distintas muertes: el cocinero, el mensajero, el novicio y ahora la doncella de la reina. Algo debe de haber en común. Le he comentado al padre Carlos mi última sospecha: en la corte hay un camarero que lleva unos cuantos días actuando de forma extraña, como nerviosa. El padre Carlos opina que no puedo basarme en juicios tan subjetivos para llegar a conclusiones objetivas. Yo le he dicho que no estoy insinuando que un joven aprendiz de 14 años sea el asesino (aunque podría serlo perfectamente) pero quizás esté involucrado. Por eso, mañana a primera hora acudiré en su búsqueda.

18 agosto 1511

Pensaba que me había equivocado en mis sospechas hasta que cuando estábamos despidiéndonos tras un corto interrogatorio  ha confesado lo que había visto hace dos noches mientras preparaba la mesa para la cena.

 Al volver de la cocina vio al primer ayudante del rey y su hombre de confianza ,Roderic,  acercándose  sigilosamente a las copas que se servirían en el banquete de esa misma noche y rociaba algún tipo de brebaje sobre ellas. La verdad es que no entiendo como no he podido sospechar antes de alguien como Roderic: no bebe en las comidas justificándose con que está padeciendo problemas estomacales, apenas sale del palacio, se retira muy temprano de la cena, siempre con excusas distintas. Sería injusto acusar demasiado pronto, sin alguna prueba más consistente, y por eso no pienso quitarle ojo de encima hasta encontrar algo que confirme mis sospechas.

19 agosto 1511

Una vez más, me siento orgulloso del trabajo que ha hecho todo mi equipo. Han sabido soportar la muerte de un compañero, un clima de miedo que nos dejaba a todos sin aliento y a pesar de todo eso hemos logrado nuestra doble misión: hemos descubierto al asesino y eso puede explicar las alucinaciones del rey.
Roderic trataba de hacer creer a todos que el rey estaba loco, y para ello utilizaba un compuesto que echaba en su comida y bebida. Se le fue bastante de las manos en el momento en el que se equivocaba de copa o de plato.  Pero si alguien le descubría, lo apartaba de su camino acabando con su vida, porque su deseo último era echar a Enrique VIII del trono.

 Él mismo me ha confesado todo esto en su interrogatorio, y después ha explicado que tuvo que matar al cocinero porque le descubrió echando el brebaje en la sopa del rey, como el jardinero encontró las plantas que cultivaba para tal brebaje, que le llegaron las semillas por correo del norte del país y el mensajero sospechó sobre que haría con ellas. Tanto el novicio como la doncella le descubrieron yendo a altas horas de la noche a la cocina.

 Recuerdo la muerte de Juan con gran dolor, pero ya nada podemos hacer, más que asegurarnos de que Roderic sufre la condena que merece y volver  a Aragón  para reponernos de este mal trago.

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