PERSEO I
Lo llevaban planeando desde el verano pasado, pero a diferencia de tantas otras cosas que se dicen y no se hacen, esta era de verdad. Carla y su grupo de amigos iban a hacer un crucero por el Mediterráneo en agosto. En total eran siete, tres chicos, Álvaro, Miguel y Óscar, y cuatro chicas, Carla, Irene, Ester y Belén. Habían sido amigos desde primaria y había seguido juntos en el instituto, pero al llegar a la universidad sus caminos se habían separado, y aunque seguían manteniendo el contacto, ya no era lo mismo. Se veían de vez en cuando e intentaban quedar para tomar algo algunos fines de semana pero la mayoría de las veces surgían imprevistos y alguno de ellos no podía ir.
El verano anterior habían quedado varias veces, ya que estaban de vacaciones y por casualidad salió el tema del crucero. Al principio fue de broma, pero fueron tomándoselo en serio hasta tal punto que solo quedaba una semana para irse.
Estaban muy emocionados y unos días antes las chicas habían quedado para comprar ropa y biquinis. En sus caras podía verse el nerviosismo previo al viaje y a pesar del tiempo que habían pasado sin estar juntas, parecía que no hubiese pasado el tiempo y todo seguía igual que siempre.
A primera hora de la mañana del sábado 6 de agosto, los siete amigos se encontraron en el puerto de Barcelona con las maletas, gorros y demás, preparados para embarcar en el que sería uno de los viajes más emocionantes de sus vidas. El transatlántico, Perseo I tenía unas dimensiones impresionantes, contaba con piscinas, bares, restaurantes, jacuzzis, inmensas salas de baile, etc... En general era un lujoso barco que zarpaba desde Barcelona y atracaba en las principales ciudades como Córcega, Sicilia, Roma, Venecia o las islas Griegas.
Todo eran risas y alegría hasta que una de las chicas, Ester, sintió un presentimiento extraño al cruzar la pasarela. Era como si algo no estuviera bien, un mal presentimiento, pero no dijo nada al resto para no preocuparlos.
De todo el grupo, ella era la que siempre veía la parte negativa de las cosas. Siempre ponía pegas a lo que fueran a hacer y eso sacaba de quicio a más de uno. Bastaba que dijera que había sentido algo raro al entrar en el barco para que la tomaran con ella durante todo el viaje, así que decidió que lo más sensato era callarse y dejar que se desarrollaran los acontecimientos.
Se instalaron en los camarotes y bajaron a la terraza principal. Diez minutos después el Perseo I se alejaba del puerto de Barcelona.
-Este viaje promete, lo vamos a pasar genial- Dijo Óscar a los demás.
-Hacía mucho tiempo que no estábamos juntos, que no éramos un grupo como antes- Respondió Irene.
-Este viaje servirá para recuperar el tiempo perdido- Dijo Miguel, que siempre veía la parte buena de las cosas y trataba de que los demás la vieran como él.
Esa noche cenaron en el salón número 2 del transatlántico. Había tanta gente en un solo salón que era imposible contar al resto de la gente que estaba en los demás salones. Durante la cena, Carla, que era muy observadora, estuvo mirando a los demás pasajeros. Notó que en una mesa había un hombre, de mediana edad, que observaban atentamente a los demás pasajeros, sin dejar de seguir con la mirada a un grupo de hombres y mujeres que se encontraban en una mesa cercana a él. Tenía una especie de libreta donde apuntaba cosas de vez en cuando.
Carla lo miro un rato, hasta que su mirada se cruzó con la suya. En ese momento sintió un escalofrío recorriéndole el cuerpo. Sintió como su mirada se helaba y que aquel hombre fijaba su vista en ella. Apartó la vista y disimulando siguió la conversación con sus amigos. Pero estaba pálida y era incapaz de volver a mirar a la mesa de aquellos hombres.
-¿Carla que pasa?- Preguntó Álvaro.
-No es nada, estoy bien.- Respondió aparentando tranquilidad.
Cuando se levantaron de la mesa para irse, Carla se dio cuenta de que el hombre ya no estaba. Al pasar cerca de su mesa para salir a la terraza, se fijó en que había una nota en el suelo. La cogió. Era una hoja arrancada de libreta, escrita con un bolígrafo negro que soltaba demasiada tinta. Ponía: A10320. Esto no decía nada. Podía ser cualquier cosa, pero el hecho de que fuese de ese hombre, porque ella tenía la certeza de que era suyo, le suponía una cierta intranquilidad y decidió guardar la nota sin decir nada a nadie.
Estuvieron en la terraza, sentados en unos sillones, tomando algo mientras charlaban y reían. Después de un rato, Carla se levantó y fue a apoyarse en la barandilla que daba al mar. Álvaro se acercó a ella y estuvieron un rato hablando. Hablaron de lo que habían estado haciendo en años anteriores, cuando habían estado sin verse. Los demás se fueron a dormir y hacía la una de la mañana ellos también. Carla fue hacía su camarote, que estaba en el pabellón C. Era un poco siniestro pasear de noche por esos pasillos interminables, llenos de habitaciones, y con luces intermitentes que a veces dejaban a oscuras la estancia durante algunos minutos. Al doblar la esquina de uno de los pasillos, Carla vio como un hombre que estaba de espaldas a ella, cerraba la puerta de una habitación y se alejaba sigilosamente en la oscuridad del pasillo. Se quedó parada y retrocedió hasta que vio como aquel hombre desaparecía. Fue a su habitación y se acostó a dormir.
A la mañana siguiente, sus amigas la despertaron como si aun fueran unas niñas, saltando, poniendo música, etc…nada mejor para empezar la mañana.
Bajaron a desayunar y al pasar por uno de los pasillos, vieron a un grupo de personas de la tripulación y algunos pasajeros curiosos alrededor de una puerta entre abierta. La gente se movía nerviosa, algunas mujeres gritaban y miembros de la tripulación corrían mientras hablaban por teléfono. Preguntaron qué había pasado y una mujer mayor les dijo muy pálida y con la voz temblorosa que había muerto un hombre.
Se quedaron totalmente asombradas. No eran capaces de articular ninguna palabra. Un hombre les pidió que abandonasen el pasillo. Carla estaba aturdida. Empezó a hilar todo lo que había visto la noche anterior, el hombre del comedor, la nota y el hombre misterioso que salía de la habitación. No estaba segura de que todo pudiera encajar pero había algo muy raro en todo aquello y ahora tenía miedo de volver a encontrarse con el hombre.
Bajaron las escaleras temblando y fueron a contárselo a los chicos que estaban en el comedor, pero ellos ya se habían enterado.
-Sabía que iba a pasar algo, tuve un presentimiento al subir al barco.- Dijo Ester nerviosa.
-No seas exagerada Ester, le habrá dado un infarto o algo así.- Trató de tranquilizar Óscar.
En ese momento Carla vio como el hombre de la noche anterior entraba en el comedor. Se puso tensa y no pudo dejar de seguirlo con la mirada. Álvaro se dio cuenta y le preguntó que le pasaba. Ella salió de su estado de shock y le dijo que nada, pero él insistió.
-Ayer te pasó lo mismo durante la cena. Cuéntame que está pasando.- Dijo.
- Vámonos a la barandilla y te lo cuento.- No quería que los demás oyesen lo que iba a decirle.
Le contó que había visto a un hombre, le enseñó la nota que había encontrado y le contó lo que había visto al ir a su habitación.
-¿Por qué no me lo contaste ayer?- Preguntó.
-No estaba segura de que tuviera nada que ver, no iba a acusar a nadie sin tener pruebas. Además, no sabemos aun si ese hombre lo ha matado o simplemente le ha dado un infarto como ha dicho Óscar.- Trató de hacerle entrar en razón.
-Carla no creo que sea solo casualidad, deberíamos hablar con la policía. He oído que vamos a atracar en Sicilia, han dado la orden para que estén allí esperando.
-Vamos a esperar a ver lo que pasa. Cuando el médico vea el cuerpo y diga que lo han matado, entonces hablaremos con ellos, mientras tanto no digas a nada a nadie.- Y volvieron a juntarse con el grupo.
Pensaban que estaban solos mientras hablaban, pero aquel hombre había estado escuchando la conversación.
Según lo previsto, atracaron en Sicilia y la policía, los médicos y forenses entraron en el barco. El pasillo había sido precintado, pero Carla y Álvaro consiguieron colarse por un hueco y escuchar lo que decían. Ese hombre tenía marcas en el cuello, como si lo hubieran estrangulado, pero había pastillas por el suelo, lo que descolocaba la teoría del médico.
Esa noche todos se fueron a dormir pronto. Carla no podía dormir y salió a la terraza a tomar el aire. Cuando regresó a su habitación, tuvo la sensación de que alguien la seguía. Corrió por el pasillo pero un hombre la cogió por detrás y le dio un golpe en la cabeza.
Álvaro tampoco podía dormir y fue a la habitación de Carla para hablar con ella. Al pasar por el pasillo que conducía a su habitación, vio unas marcas de sangre en la moqueta. Trató de no pensar en lo peor pero al entrar en su habitación y ver que no estaba se confirmaron sus sospechas. Las chicas empezaron a ponerse nerviosas. Se dividieron por el barco para buscarla, pero no había rastro de ella.
Aturdida a abrió los ojos. Se tocó la frente y vio que tenía sangre. Estaba como en una especie de bodega, a oscuras. Hacía mucho frío. Solo quería salir de ahí. No había rastro de su secuestrador, pero le había atado las manos y los pies a una silla. Intentó liberarse pero era inútil. Intentó moverse y al hacerlo tiró una caja de una estantería de donde se rompieron unas botellas de vino. Con mucho esfuerzo logró coger uno de los trozos de cristal y trató, con éxito, de romper las cuerdas con las que estaba atada. Un poco mareada buscó la puerta para salir de ese lugar. Encima de una mesa había una caja de hierro, algunos cables, unas tijeras y cosas revueltas. En la caja había una pantalla, como la de los relojes, pero no estaba encendida. Se dio cuenta de que esa caja era una bomba.
En ese momento oyó unos ruidos y se escondió detrás de unas estanterías. Su secuestrador entró y ella le dio un golpe en la cabeza con una botella de vino. Salió corriendo y subió. Llegó a la terraza y allí estaban sus amigos. Les contó lo que había pasado y fueron a la policía. Al bajar a la bodega el hombre seguía allí y empezaba a despertarse cuando se vio rodeado de policías. Fue arrestado y más tarde descubrieron que se trataba de un hombre que había estado encerrado en un psiquiátrico por problemas mentales y que pretendía volar el transatlántico sin motivo aparente. Luego descubrieron que el hombre al que había matado había sido su médico en el hospital psiquiátrico y cuando había estado a punto de salir de allí, ese hombre había dicho que no estaba en condiciones y tuvo que estar tres años más encerrado.
Así terminaba el viaje del Perseo I donde los siete amigos vivieron una experiencia que jamás olvidarán.
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