jueves, 18 de octubre de 2012

 'Si las miradas matasen...' fue lo primero que pensé al adentrarme en el vagón del tren. La parada inesperada en mi estación no había dejado indiferente a los pasajeros, que me miraban muy fijamente, como queriendo averiguar que ocurría. Sus miradas me recordaban bastante a las de los lugareños del bar mientras hablaba con aquella mujer.

 Un sonido que viene de la cabina indica que el tren está a punto de ponerse en marcha, y con un suspiro, todos ellos dejan de mirarme y se concentran en sus quehaceres.

 Si se tratara de un tren locomotora, os diría, mis lectores, que el ambiente estaba lleno de una gran cantidad de humo de los puros y cigarrillos que cuatro hombres del final no dejaban de fumar mientras reían como si de un lugar privado se tratara. Pero si se tratara de un tren modernos solo podría hablar de lo sigilosas que son las puertas automáticas.

 Camino de vagón en vagón en busca de un sitio libre y noto como los más maleducados susurran insultos sobre el alboroto que estoy montando. El ruido incersante de mi maleta mientras la arrastro por el estrecho pasillo, despierta a los pocos que habían logrado conciliar el sueño y molesta a otros tantos, dibujando en sus caras una expresión de desagrado. Después de recorrer tres vagones y medio llenos de caras largasque memiran con desprecio, logro localizar un sitio libre al lado de una ventana y de un hombre trajeado. A simple vista diría que ronda los 40 años de edad y tampoco confío en que duerma de verdad, creo que solo cierra los ojos. Si hubiera podido elegir, desde luego que no me habría sentado con alguien así, pero la situación no estaba como para ponerse tiquismiquis.

 Así que, intentando hacer el menos ruido posible, dejo la maleta debajo de mi asiento y me acomodo junto al misterioso hombre. No me fío de lo que pueda pasar si me duermo, así que simplemente cierro los ojos y me pongo a pensar en todo lo que ha sucedido al largo de hoy, como medio para mantenerme entretenido y evitar caer dormido.

 Un fuerte silbato me despierta deuna de mis más terribles pesadillas y solo tardo 5 segundos en darmecuenta que mis peleas contra el sueño han sido imposibles y otros 5 más en situarme. Seguidamente, un olor fuerte a café de máquina inunda el vagón. Es la última parada, los asientos están vacíos y la poca gente que queda está saliendo. Pero, un momento, no puede ser. Allí está el bar de anoche, ¿y dónde está mi maleta?

No hay comentarios:

Publicar un comentario