Estás en la librería. Buscando desesperado el libro. Tienes que seguir leyendo.
El librero te cuenta los problemas que ha tenido con las
editoriales. El tuyo no ha sido el único caso y la gente comenzará a reclamar
en seguida. Se formará un gran alboroto, por gente histérica, deseando como tú,
tener el libro de nuevo entre las manos y poder seguir con la lectura,
expectantes por conocer el final de la historia.
Pero para tu pesar, el librero te dice que no recibirá los
ejemplares hasta dentro de una semana. No te lo puedes creer. Vuelves a
insistirle:
-¿No hay algún modo de que vengan antes?
-Cuando las editoriales quieran los traerán. Ya se sabe como
son.
El librero te cambia el libro y sales. Sin nada entre las
manos, más triste que como habías entrado.
Sin ninguna esperanza de encontrar un ejemplar. De no tener
la suerte de que alguien lo haya perdido en mitad de la calle. De conocer a
alguien que te lo pueda prestar. Nada de eso. Estás tú solo. Andando por la
calle, desesperado. Viendo la felicidad en la cara de la gente y tu sin
embargo, sumido en esa tristeza. Calle arriba, vas haciéndote a la idea de
leerlo dentro de una semana. Estarás haciendo cola desde bien temprano en la
librería. Conseguirás uno, da igual si no es el primero porque haya alguien más
rápido que tú o simplemente, movido por la envidia de conseguir uno, haya
llegado antes.
Entonces lo tendrás de nuevo en las manos, y podrás volver a
oler el aroma que desprenden sus páginas y sentir el tacto de sus rugosas
hojas. Enfrascarte en la lectura y descubrir como sigue la historia.
Sin darte cuenta te habrá cambiado la cara, ya no tienes esa
expresión de tristeza, tienes más ilusión y esperas con ansia a que llegue el
día. Tanto te has metido en tus pensamientos que ya no sabes si vas por el
camino correcto.
Efectivamente, te has equivocado de calle. Por suerte
conoces la zona y no pareces un turista perdido en una ciudad nueva, donde
todas las calles son iguales y no te queda más remedio que preguntar a los
viandantes.
Retrocedes para volver a casa. Está anocheciendo. Al doblar
la esquina por donde habías pasado antes, hay una librería. Te lamentas por no
haberla visto antes. Es nueva para ti. No la habías visto nunca. Está abierta.
Dentro no se escucha el bullicio de gente reclamando por un libro.
-¿Y si por casualidad lo tuvieran? ¿Qué pierdo por
intentarlo?
Entras. No hay nadie. Huele a una mezcla de humedad y libros
antiguos, de tapas duras y páginas amarillentas por los años.
Un hombre mayor con pelo blanco y bigote sale del mostrador.
-¿Qué desea?
Le preguntas por el libro. Al ver su expresión, pierdes toda
esperanza de encontrarla. El librero no parece conocer el libro. Aún así entra
en el almacén. Nada. No está.
En ese momento, se oye la campanita de la puerta. Un señor
alto, vestido con abrigo largo negro, sombrero y un maletín, entra en la
librería.
-Buenas tardes. Quería devolver este libro.
No puedes creerlo. Lo tienes delante de tus ojos. Es ese. El
hombre te mira al ver la expresión de tu cara.
Cuando sales, es tuyo. Al fin, lo tienes.
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