jueves, 18 de octubre de 2012

Desesperación.



Estás en la librería. Buscando desesperado el libro. Tienes que seguir leyendo.
El librero te cuenta los problemas que ha tenido con las editoriales. El tuyo no ha sido el único caso y la gente comenzará a reclamar en seguida. Se formará un gran alboroto, por gente histérica, deseando como tú, tener el libro de nuevo entre las manos y poder seguir con la lectura, expectantes por conocer el final de la historia.
Pero para tu pesar, el librero te dice que no recibirá los ejemplares hasta dentro de una semana. No te lo puedes creer. Vuelves a insistirle:
-¿No hay algún modo de que vengan antes?
-Cuando las editoriales quieran los traerán. Ya se sabe como son.
El librero te cambia el libro y sales. Sin nada entre las manos, más triste que como habías entrado.
Sin ninguna esperanza de encontrar un ejemplar. De no tener la suerte de que alguien lo haya perdido en mitad de la calle. De conocer a alguien que te lo pueda prestar. Nada de eso. Estás tú solo. Andando por la calle, desesperado. Viendo la felicidad en la cara de la gente y tu sin embargo, sumido en esa tristeza. Calle arriba, vas haciéndote a la idea de leerlo dentro de una semana. Estarás haciendo cola desde bien temprano en la librería. Conseguirás uno, da igual si no es el primero porque haya alguien más rápido que tú o simplemente, movido por la envidia de conseguir uno, haya llegado antes.
Entonces lo tendrás de nuevo en las manos, y podrás volver a oler el aroma que desprenden sus páginas y sentir el tacto de sus rugosas hojas. Enfrascarte en la lectura y descubrir como sigue la historia.
Sin darte cuenta te habrá cambiado la cara, ya no tienes esa expresión de tristeza, tienes más ilusión y esperas con ansia a que llegue el día. Tanto te has metido en tus pensamientos que ya no sabes si vas por el camino correcto.
Efectivamente, te has equivocado de calle. Por suerte conoces la zona y no pareces un turista perdido en una ciudad nueva, donde todas las calles son iguales y no te queda más remedio que preguntar a los viandantes.
Retrocedes para volver a casa. Está anocheciendo. Al doblar la esquina por donde habías pasado antes, hay una librería. Te lamentas por no haberla visto antes. Es nueva para ti. No la habías visto nunca. Está abierta. Dentro no se escucha el bullicio de gente reclamando por un libro.
-¿Y si por casualidad lo tuvieran? ¿Qué pierdo por intentarlo?
Entras. No hay nadie. Huele a una mezcla de humedad y libros antiguos, de tapas duras y páginas amarillentas por los años.
Un hombre mayor con pelo blanco y bigote sale del mostrador.
-¿Qué desea?
Le preguntas por el libro. Al ver su expresión, pierdes toda esperanza de encontrarla. El librero no parece conocer el libro. Aún así entra en el almacén. Nada. No está.
En ese momento, se oye la campanita de la puerta. Un señor alto, vestido con abrigo largo negro, sombrero y un maletín, entra en la librería.
-Buenas tardes. Quería devolver este libro.
No puedes creerlo. Lo tienes delante de tus ojos. Es ese. El hombre te mira al ver la expresión de tu cara.
Cuando sales, es tuyo. Al fin, lo tienes.

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