El reloj marca las once y un
minuto. No sabía que todavía a estas horas circulaban trenes, esto debe de ser
cosa del comisario. Me ha visto partir, sin quitarme el ojo, pero seguramente
ya habrá vuelto a entrar al bar con sus amigos, como si nada pasase.
Me despierto descolocado, miro el
reloj, llevo hora y cuarto metido en el tren, debe quedar poco para llegar.
Espero tener suerte y que todo salga como tenía planeado, nunca he fracasado,
no pienso hacerlo ahora. Lees esto, incrédulo, sin saber que pensar, pero no te
impacientes y vayamos por partes.
El pueblo parece pequeño desde la
estación. Vuelvo a mirar el reloj y rezo para que no sea demasiado tarde. Un
taxista espera medio dormido sobre el volante pero, como si hubiese detectado
mi presencia abre los ojos y me invita a entrar en su taxi.
-A la plaza principal, por
favor-.
El taxista me pregunta se
interesa por mi vida y mis asuntos personales. No me gusta que me den
conversación mientras viajo, ¿qué le importa a este señor qué hago aquí? Pero
afortunadamente, el taxi llega a eso de la una menos cuarto a la plaza y, con
un tono severo, me dice:
-No te recomendaría andar por
aquí, han matado al señor Jan Frankin y aún la gente anda revuelta y nerviosa-.
En efecto, entre la multitud de
gente que ha asistido a su ajusticiamiento está, en el centro de la plaza, la
guillotina, que aún quedan personas limpiando la zona. Qué poco agradable.
Busco entre la gente, nervioso,
¿dónde estará? Más me vale encontrarle. Tom Frankin nunca sale de su casa, pero
su hermano acaba de morir en la plaza del pueblo, seguro que ha asistido y
seguro que es la primera vez, o segunda, y la última que se le ve por las
calles.
Allí está. Sí, debe ser él. Tal
como me dijo el comisario. De pelo rojizo y alborotado, espera sentado en un
banco, con la cabeza agachada, a que vuelva su hermano, que nunca volverá.
Entre sus manos sujeta un libro, azul, letras blancas, “Zenón de Elea”. En
efecto, esa es la persona a la que estoy buscando.
-No volverá, lo sabes- le digo,
apoyando mi mano sobre su hombro. Es hermoso, sus ojos empañados brillan con la
luz de las farolas, son verdes y su piel morena. Con razón la ex mujer del
comisario Gorin se enamoró de él, pero este no debería haberse entrometido en
su relación; los celos matan. Y nunca mejor dicho.
Es la primera vez que me pasa. En
mi bolsillo guardo la navaja, recién afilada y que tan buenos resultados me ha
dado siempre. Pero no puedo. Lo miro y su cara me transmite inocencia, pena. Es
guapísimo, pocos hombres tienen esos rasgos faciales tan perfectos. Su boca
dibuja un rostro triste, pero estoy seguro de que su sonrisa también es
maravillosa. No puede ser, ¿existe el amor a primera vista? Rompo a llorar, de
rabia, de impotencia, no sé. Pero echo a correr sin volver mi vista atrás,
cuanto antes desaparezca mejor.
Ocho y veinticinco de la mañana.
La noche ha sido inquietante, he dormido bastante mal, en el suelo y con mi
maleta de almohada. Debo regresar a aquella estación si nombre, donde me queda
un asunto que resolver. Tengo que decirle al comisario que no he sido capaz de
matar a aquel que le quitó a su mujer, que esta vez no he cumplido con mi
deber, con mi trabajo.
Allí está. Esta vez sin amigos
que le acompañen. Se me acerca, nervioso.
-¿Cómo fue?- me acobardo. No
puedo decírselo. Sonrío y extiendo la mano, dispuesto a recibir un taco de buen
grosor de billetes. –Ahora, lárgate, olvida todo esto, desaparece de mi vida.
Conmigo ya no tienes nada más que hacer.
Estoy dispuesto a coger el tren
que me lleva directo a mi destino final, quedan tres minutos escasos. Pero no
puedo marcharme así. En mi mano aún agarro los billetes que me ha dado el
comisario por nada, por hacer nada de lo que me pidió. No puede ser.
Rápidamente guardo el dinero en la maleta, cierro la cremallera y me marcho,
abandonándola en la estación. Espero que el comisario la vea, él sabe que esa
maleta es mía. Ahora le pertenece y, junto a ella, los billetes que no debo
recibir.
Te estarás preguntando qué clase
de persona soy. Es mejor no saberlo, pero te he traído hasta aquí. Trabajo en
una compañía secreta, hago aquello que muchas personas desean hacer pero que no
tienen el valor suficiente para ello. Trabajo para ellos.
Pero ahora quiero desaparecer. Es
la primera vez que he escapado con las manos vacías. Por amor. Por amor a un
hombre, que posiblemente no vuelva a ver.
El tren ya ha partido, y yo en
él. Regreso a mi casa. No sé para qué ni por qué. Ni siquiera sé que voy a
hacer ahora. ¿Cómo lo hago? Mi nombre tiene que dejar de existir.
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