El despertador marcaba las seis
menos diez de la mañana. Ella ya había abierto el ojo izquierdo para ojear la
hora, con la esperanza de que aún le quedasen por lo menos un par de horas para
dormir. Pero no era así. El cielo aún estaba oscuro, ni siquiera habían
empezado a salir los primeros rayos rojizos del amanecer y ella ya tenía que
levantarse. Había pasado la noche prácticamente en vela, ese maldito examen no
había dejado de rondar por su cabeza.
Sentada a los bordes de la cama, observaba su reflejo en el espejo. Su aspecto era horrible. La zona de alrededor de sus ojos había adquirido un tono morado, testigo de las pocas horas de sueño que últimamente estaba teniendo. Su pelo, revuelto y enredado caía por su cara, como si tratase de ocultar su rostro.
Sentada a los bordes de la cama, observaba su reflejo en el espejo. Su aspecto era horrible. La zona de alrededor de sus ojos había adquirido un tono morado, testigo de las pocas horas de sueño que últimamente estaba teniendo. Su pelo, revuelto y enredado caía por su cara, como si tratase de ocultar su rostro.
-
No puedo más- suspiraba.
Pero no había tiempo para
lamentarse, y eso ella lo sabía. Debía darse una ducha, quizá la ayudaría a
despejarse.
El agua caía fría y con
fuerza, pero a ella le gustaba así, le gustaba notar como el frío golpeaba su
piel y reavivaba su cuerpo. Con la barbilla alzada y los ojos cerrados,
disfrutaba por unos instantes del aroma a champú y el sonido constante del agua
contra las baldosas. Se encontraba mejor. No quería sentirse débil, y mucho
menos aparentarlo.
Últimamente los vientos no
habían soplado a su favor, sus notas habían empeorado desde que empezaron los
problemas en casa y eso era algo que ella no podía controlar, era irremediable.
-
¿Qué
tal estás, cariño?-. La voz de su padre sonaba desde el otro lado de la puerta.
Era un hombre encantador, quizá demasiado inocente, pero ante todo buena
persona. A él también le preocupaba la situación de su hija, últimamente no
salía de su cuarto, ni siquiera cenaba ya con él, y es que los estudios estaban
afectando demasiado a su estado de ánimo.
Los rayos del sol ya habían
empezado a alumbrar la cuidad, eran rayos intensos, luminosos, sobre un cielo
azul despejado y limpio. El ruido del metro ya se oía de fondo y las voces de
los niños saliendo de sus casas, inquietos y animados, anunciaban que ya había
llegado la hora de encaminarse al colegio.
Ella ya se había vestido.
Unos pantalones ajustados se ceñían a su cintura y, sobre su sudadera marrón, ya
se había colocado el abrigo. El pelo le brillaba, sujeto en una larga trenza
que le caía por los hombros. No estaba fea. Pero sus ojos aún la delataban.
Apenas había dormido.
El camino hacia la escuela
cada vez se le hacía más largo, quizá se debía a la monotonía, cada día era
similar al anterior y las caras que le saludaban por las mañanas siempre eran
las mismas.
Mientras el tren la llevaba a
su destino, ella apoyaba la cabeza en el cristal observando los árboles pasar,
las casas, los coches, las vías de los raíles alargarse sin llegar nunca a su
final. Los exámenes seguían en su cabeza y en la tripa empezaba a sentir un
hormigueo intenso, pero había una cosa de la que estaba segura: llegarían
tiempos mejores.
Buen relato, aunque quizá si enfocaras menos la psicología de la protagonista y más el ambiente, sería más al estilo del Realismo.
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