Cogí la foto arrugada de
mi bolsillo, la miré, cerré los ojos y la volví a guardar. Me levanté, me sequé las lágrimas y me empecé
a dirigir al supuesto día más feliz de mi vida, a mi boda.
Cuando entré, empezó a
sonar la música y todo el mundo se levanto para verme caminar por el largo
pasillo. Ellos me miraban con sonrisas y algunos con lágrimas, pero a mí no me
importaban, yo solo podía mirar a la persona que me esperaba en el altar. Me sonrió y me susurró fuerza, le sonreí de
vuelta y me intenté convencer de que hacíamos lo correcto. Había sido todo tan
difícil... pero teníamos que dejar el
pasado atrás. Ahora teníamos una prioridad, la pequeña criatura que estaba
creciendo dentro de mí.
Empezó la ceremonia y el
cura comenzó a hablar. Todo el mundo le prestaba atención pero yo no podía,
solo podía pensar en cómo un instante puede cambiar tu vida, en cómo había
cambiado mi vida en tan solo unos pocos meses.
Y así, empecé a recordar.
Era una tarde calurosa
de finales de julio. Estaba con mi mejor amiga Ana en el parque de al lado de
mi casa esperando a nuestros respectivos novios. Los cuatro éramos
inseparables, ellos mejores amigos, nosotras también. Un rubio con una rubia,
un moreno con una morena, éramos las parejas perfectas. No había pasado un solo
día ese verano que no hubiésemos quedado los cuatro juntos y este no iba a ser
una excepción.
Después de diez minutos
llegaron y nos fuimos a hacer un picnic. Era un día tranquilo, un día normal,
nadie hubiera dicho que ese día marcaría mi vida, nadie.
Después de comer, Ana y
Tomás, su novio, se levantaron a jugar al futbol. Era muy gracioso mirarlos,
solo se veían dos ráfagas de pelos rubios corriendo de un lado a otro envueltos
de una bonita melodía de risas. Yo, en cambio, ese día no me encontraba muy
bien. Ahora sé que era porque por aquel entonces ya andaba embarazada, pero en
ese momento no lo sabía.
Le comenté mi malestar a
Andrés que estaba en las nubes y me dijo que no me preocupara que me acompañaba
a casa. Nos levantamos y nos dirigimos a
Ana y Tomás para decirles que nosotros nos marchábamos.
Estuvimos hablando un
rato allí de pie. Nos despedimos, ya nos íbamos. Era un día tan tranquilo, un
día tan normal... pero de repente lo dejó de ser. Escuchamos un sonido muy fuerte y a
continuación un grito. De la nada empezó a salir gente corriendo por todas
partes. Me vi separada de mis amigos, perdida en el caos sin entender nada. Más
ruidos, más gritos, y de repente la oscuridad.
Lo siguiente que recuerdo es despertarme en
una habitación que no era la mía. Todo era muy extraño, todo era muy blanco.
Giré la cabeza y vi a mi madre dormida
sentada en una silla y comprendí que estaba en el hospital. En ese
momento todo se me vino a la cabeza: el sonido, el grito, el caos. No recordaba
que me había pasado pero si yo estaba aquí, ¿Qué había pasado con Andrés? ¿Con
Ana? ¿Con Tomás? ¿Estarían bien? ¿Estarían mal? ¿Cómo estaba yo? El miedo me
empezó a agobiar impidiéndome respirar bien. Sonó un pitido y se despertó mi
madre mientras una enfermera miraba qué se yo en un aparato muy grande. Mi madre me sonrió, pero no me gusto nada.
Era una sonrisa triste, algo malo había pasado.
Se acercó y me contó que
estaba bien que solo me había caído y me había dado un golpe en la cabeza. Me
contó que lo que había pasado era que un loco se había puesto a pegar tiros en
medio del parque y que luego él mismo se pegó uno asimismo, suicidándose. Me
contó que mucha gente había muerto y luego me
sonrió y me dijo: "Gracias a dios tú estás bien". Tenía mucho
miedo porque me temía lo que venía después pero aún así pregunté.
- Mamá, ¿Donde está
Andrés?
- Rocío... Lo siento
mucho. Andrés y Ana recibieron dos tiros en la espalda. Han estado toda la
noche intentándolo pero ha sido en vano,
nos han abandonado.
El mundo se paralizó. Todo
empezó a ir a cámara lenta mientras escuchaba a mi madre diciéndome que Tomás
había sobrevivido, que estaba perfecto (físicamente, claro). Después otra vez
la oscuridad.
Lo único que recuerdo de
aquellos días en el hospital es que no paraba de llorar, y que Tomás tampoco
podía parar. Me dolía tanto, me dolía
tanto pensar que nunca más iba a poder ver a dos de las personas que quería más
que a nada. Como dije, éramos cuatro amigos inseparables, solo que no habíamos
contado a la muerte.
El día en el que me iban
a dar el alta, la doctora vino a hablar conmigo. Me preguntó cómo estaba y le
dije que estaba bien físicamente pero
muerta emocionalmente. Fue entonces cuando me dijo que creía que tenía una
buena noticia para mí. Le sonreí penosamente y le bromeé:
- ¿Andrés ha resucitado?
- No, pero estás
embarazada.- me contestó. Se levantó y se fue dejándome sola sin ni siquiera haberme dejado tiempo para
responderle.
La verdad es que lloré
mucho, pero me alegró. El bebe me dio esperanzas. No iba a poder tener a Andrés
pero por lo menos tendría algo suyo, a su hijo.
La pregunta del cura
hizo que volviera a la realidad.
-Si ¿perdón?- dije, ya
que no me había enterado de lo que me había dicho
-¿Quieres a Tomás como
futuro esposo?- repitió el cura.
- Sí quiero.
Sí quiero, me repetí en
mi interior. Sí quiero. Ahora era tiempo de mirar hacia delante, de mirar hacia
nuestro nuevo amanecer. Tomás, el futuro pequeño Andrés y yo.
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