martes, 24 de abril de 2012

El hombre de arena

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Desde el incidente el joven había desarrollado una horrible obsesión con el abogado. Pese a que sus acciones y su actitud cuando estaba acompañado eran las de una persona totalmente normal, su mente estaba en constante ebullición.
Nataniel veía a Coppelius allá donde fuera. Si salía de casa, el tendero de enfrente se había transformado en la grotesca figura de sus recuerdos, que le miraba desde su tienda con reconocimiento marcado en sus candentes ojos. Si cruzaba una calle, el taxista tomaba las facciones del abogado y le sonreía con una boca macabra y cruel. El inicidente con Copola le había dejado profundamente transtornado y, aunque mil veces Nataniel se dijo que no podía ser, mil veces Coppelius se cruzó en su camino.
Tanto sufría Nataniel que sólo unas gotas que le había dado un curandero podían calmarle tras la visión de su más profundo temor. La paranoia iba en creccendo al mismo paso que la cura, ya tan necesaria para seguir mostrando un aspecto relajado y jovial cuando era necesario. Coppelius en el restaurante, en el teatro y allá donde fuera.
Cada vez que lo veía sentía como su mirada caía sobre él. Calculadora y amenazante, como promesa de una desgracia aún por llegar. Esos ojos eran una tortura, siempre vigilándole y buscando un momento de distracción para acabar aquello que empezó años atrás.
Menos de un mes había pasado cuando el reflejo en un cristal hizo temblar al pobre Nataniel. No soportándolo más rompió su habitual calma y corrió a cobijarse en su hogar, pero cual fue su sorpresa cuando al mirarse en el espejo del tocador la imagen que este le devolvió no fue otra que la del viejo Coppelius. Decidió terminar con su sufrimiento y con el abogado en una misma puñalada.

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